Narigón del siglo y las momias de este amor

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Estamos en 2014 y muchas cosas cambiaron con respecto a 2000. Y en nuestro palo del rock también. Hoy nadie se horrorizaría si una banda pone rayos láser en un show o si toca con un DJ. Menos que menos alguien criticaría a una banda por sacar un disco como “Narigón del siglo”.

Pero en el 2000 sí. La vuelta de Divididos de Inglaterra con un nuevo Mollo había sorprendido a todos. Narigón del siglo sorprendió a todos. “¿Qué es eso de besos por celular?” recuerdo un comentario en un show de El Arranke. Ni hablar de “Par mil” y su “luuuuz luuuz luuuz del alma”. La frase “¿Qué le pasó a Mollo?” la escuché unas mil veces.

La presentación del disco en el Luna Park y sus agregados poco comunes también dieron que hablar.

Para aquel entonces tuve la suerte de ir al estudio de Floresta donde se grababa La Esquina del Infinito y donde Mollo trabajó como productor artístico. El proceso había comenzado con el viejo Mollo y había terminado con el nuevo Mollo.

Debo admitir que como mínimo era “chocante” el fundamentalismo vegetariano con el que había aparecido desde su vuelta de Londres. Me causó mucha gracia una discusión a la hora del almuerzo en donde Tanque le terminó diciendo que se vaya a “torear una lechuga”.

A casi quince años de aquel entonces parecen hasta ridículos los reclamos que teníamos para con Divididos/Mollo. Te puede gustar o no, pero creo que a nadie se le ocurría reclamarle que haga algo que no quiera hacer o no quise ser.

Sin duda las momias de este amor le pedíamos que sea un actor de lo que fue.

¡Por suerte no aceptó!

Les dejo una muy buena que hizo Estaban Pintos aquel fin de año del 99 previo al lanzamiento del disco y en breve subiré más entrevistas de esa época de Divididos.

Imagen de prensa. No está trucada, venía así con el zapato.

Imagen de prensa. No está trucada, venía así con el zapato.

El nuevo Mollo, lo nuevo de Divididos: Narigón del Siglo

El verano caliente de Buenos Aires está ahí afuera, impiadoso. Ricardo Mollo, guitarrista de Divididos, ex Sumo, especie de tótem eléctrico para las jóvenes generaciones de rockeros argentinos, invita a ingresar a su casa -antes un taller mecánico- del barrio de Palermo Viejo. Ha llegado recién de unas gratificantes vacaciones en Cuba, está más flaco que cualquiera de las veces que lo hayas visto en vivo o por MTV y bien dispuesto a mostrar el nuevo disco de Divididos, que se terminó de grabar en noviembre de 1999 pero que recién se editará a principios de marzo. “La espera es tremenda. Es desesperante, tengo ganas que la gente escuche el disco. Me encuentro con amigos y arreglo ‘che, voy a tu casa, ¿querés escuchar el disco?’, el otro día en una radio FM pasé un par de temas en una fiesta y casi nadie se enteró… Pero, sí, tengo una sensación de ¿por qué esperar tanto?, pero la verdad es que no podíamos sacarlo en diciembre y en enero-febrero es como que no pasa nada”, comenta mientras ofrece agua mineral y bananas, el menú elegido para un almuerzo frugal de jueves al mediodía, con 40 grados centígrados en la calle.

Grabado en Abbey Road, Londres -nada menos- ya desde el título denota que es un disco del trío bautizado aquí, en Argentina, como La aplanadora del Oeste (el Oeste en alusión a esa zona que rodea a la ciudad de Buenos Aires, que incluye Hurlingham e Ituzaingó, hábitats naturales de Mollo y Diego Arnedo desde las épocas de Sumo). El disco se llama, atención, Narigón del siglo, yo te dejo perfumado en la esquina para siempre, tiene 12 canciones y un sonido que sorprende: entre relajado, íntimo y setentoso, con arreglos de cuerdas y sonidos hindúes, además de las clásicas arremetidas plenas de distorsión en donde los tres músicos dan rienda suelta a su notable versatilidad para tocar. Mollo sonríe ante cualquier gesto de aprobación del eventual escucha, cuenta alguna anécdota de la grabación, saca un libro de historia del mítico estudio —para siempre, el hogar de Los Beatles, pero también el estudio en donde Pink Floyd grabó The dark side of the Moon y The Wall— y muestra una foto. “¿Ves este micrófono que está usando Lennon? Bueno, yo canté ahí también…”, dice con el orgullo de un fan. Un rato después trae un pequeño estuche que contiene una parte de un panel acústico, auténtico Abbey Road. “Lo estaban desarmando y lo iban a tirar. Por supuesto que me guardé un pedazo y me lo traje…”, comenta. Mal que suene la figura por repetida, es un niño con juguete nuevo.

—¿Cómo fue que se dio la posibilidad de grabar en Abbey Road?

—Un día estábamos en la sala de ensayo, vino Afo (co-productor artístico del disco y label manager nacional de BMG) y tiró la bomba… La idea nuestra era grabarlo en Ituzaingó, en la sala nuestra, no queríamos ir a Estados Unidos. Pero, bueno, apareció Afo y nos dijo “che, tengo una propuesta que no sé si les va a interesar, ¿quieren grabar en Abbey Road?” Dijimos que sí inmediatamente, preparamos todo para irnos, nos llevamos equipos, guitarras, baterías y todo lo necesario para grabar. Laburamos con Chris Brown, que es un capo que laboró en la serie Anthology y en otros tantos discos.

En Abbey Road estuvimos 23 días, mezclamos 3 temas ahí y el resto en otro estudio, Townhouse. Y tuvimos esa cosa que tenía que ser así y así fue… Tuvimos una gran suerte.

Narigón x 4: Ediciones argentinas, mexicana y simple de difusión.

Narigón x 4: Ediciones argentinas, mexicana y simple de difusión.

—¿Y cuánto tuvo que ver el estudio, el ámbito, en las canciones y en el sonido general del disco?

—Llegamos con el disco terminado, pero sin ensayar. Que era lo que queríamos, darle el toque de lo que pase ahí en cuanto a la interpretación. Pero estábamos muy al palo con el plan Abbey Road, desde tres meses antes sabíamos que grabábamos ahí, así que…

Estábamos ansiosos por grabarlo. Estas canciones tienen que ver con un estado de ánimo nuestro, y con cosas que cambiamos y que fueron pasando en estos años. Esto es como la continuidad de ese proceso, que es la búsqueda de la canción. Las letras son más claras, también. El sonido es distinto. Se nota que no estuvo grabado en Los Ángeles, por ejemplo. Los ingenieros que laboran en LA, más o menos, tienen como una cosa en común, una cosa de sonido hi-fi, medio aplasticado de a ratos. En Londres es roto pero limpio, y encontramos ese sonido que siempre habíamos querido tener. Lo logramos muy fácilmente, la verdad.

—¿Ya que hablamos de Abbey Road, ¿qué influencia han tenido Los Beatles en tu música?

—Yo siempre pensé que nada, o muy poco. Pero a la vez las canciones de ellos las conozco… Con Sumo hacíamos Day tripper y otras, With a little help for my friends, en la versión de Cocker, ha sido una de mis favoritas de siempre, el corito final de Hey Jude en Rasputín “de La era de la boludez, el disco más exitoso de la historia de Divididos”, hicímos She so heavy para abrir un show en la cancha de Velez. Hay un montón de cosas que tenían que ver conmigo, pero por ahí no me daba cuenta. Así me pasó una vez, cuando descubrí quién era el guitarrista que más había escuchado. El mejor, para mí, es Jimi Hendrix, sin dudas. Pero al que más escuché fue Santana… Cuando revisas un poco la historia, te das cuenta de todo lo que llevas. Me agarró un ataque de Beatles hace dos o tres años, de tener en el auto todo el tiempo los discos y ponerlos, de maravillarme de cosas que hicieron los tipos en un momento en que parecía imposible de hacer. Lo inventaron todo, escucho Strawberry fields, I’m the walrus, ese tipo de canciones, y no podés creer que estos tipos hayan llegado hasta ahí, buceando en el sonido y con las limitaciones tecnológicas que tenían. Así que, sí, tengo una historia de amor con los Beatles… (risas) Mucho más que con los Rolling Stones, salvo algunas cosas muy puntuales, los fui a ver, pero no son un grupo que me haya influenciado tanto como los Beatles. Es así, un Boca-River medio odioso, pero que viví cuando era chico en el barrio: estaban los fanáticos de los Stones y los Beatles. Y se creía que los de los Beatles eran más “blanditos”, pero eso es medio un error, porque escuchás la densidad de Helter Skelter y te das cuenta de todo.

—¿Hay una marca distintiva en la música de Divididos, que es el ingreso de ciertos ritmos folklóricos argentinos adaptados al sonido de la banda. El punto máximo de esa “unión” fue la versión que grabaron de El arriero -del folklorista Atahualpa Yupanqui-, que se convirtió en todo un suceso aquí. ¿Cómo podrías explicar esa “mezcla”, esa cosa de unir a Hendrix con Yupanqui?

—El punto de encuentro inicial, básico, es la música. La música no tiene géneros, es música, no sé ahí arriba de una mesa hay un montón de discos de artistas muy distintos, pero que contienen todos música. Hay cosas que tienen el mismo sentimiento, Yupanqui es como el blues y de ahí que decidimos hacer El arriero en tiempo de blues y con la cosa sentida de la guitarra eléctrica acompañando esa letra. En su momento fue todo un reto, hoy es fácil. Es más hay muchos pibes que se pensaban que era una canción nuestra. Me pasó un montón de veces: encontrarme con un padre que venía y me pedía “decile a este pelotudo que El arriero no es de ustedes, porque a mí no me cree…” (risas) Fue una gran decisión y una gran pregunta: “¿estará bien esto que estamos haciendo?” Y estaba bien, estaba lindo, tenía mucho respeto ante todo y la versión es decente. Después vino lo de Vientito de Tucumán, que fue ponerle música a un poema de Atahualpa y que fue un poco más ambicioso, pero también fue hecho con mucho respeto y creo que se logró eso de que no parezca completamente ajeno a la letra.

—¿Qué sensación te quedó después de tocar un par de veces fuera del país? Ustedes no salieron mucho pero se los conoce en Latinoamérica…

—Para tocar afuera tenés que hacer lo mismo que hacés cuando empezás con un grupo.

Entonces, lo que nosotros hicimos, tocar un par de veces, no más, es como nada: es como que decís ‘ah, salió ayer un grupo nuevo que tocó en el teatro Podestá’ ¿Y? ‘No, pero no tocaron más…’ Por ahí, la gente que fue y vio, le gustó, pero apenas le quedó como una vaga imagen. Así que no, no tenemos antecedentes importantes de algo que haya sucedido cuando tocamos en otros países.

—¿Y a pesar de ese “tiempo perdido”, ¿tenés ganas de hacerlo ahora, con este disco?

—Sí, me dan ganas. Sé que es como empezar de nuevo, pero ya hay un conocimiento nuestro, tal vez under, pero conocimiento al fin en México, Colombia… Por ahí todos estos años de no ir y editar discos ha servido para que alguna gente nos conozca. Los especiales de MTV ayudaron en su momento, también. Lo que sí queremos, y que haremos —este año no pudimos porque estábamos grabando— es tocar en octubre en Rock al Parque, en Colombia.

Este año lo vamos a hacer. También hay una posibilidad, que todavía está verde, de tocar en Londres. Sería buenísimo… Parece que se va a hacer un festival argentino en Londres y ahí estaríamos.

—¿No tuviste la sensación de que es medio tarde, que ya están grandes para eso?

—En su momento lo pensé y me dije “esto lo tendría que haber hecho antes, cuando tenía 20, 25 años”, por ahí era el momento. Pero ahora me agarró de nuevo, después de este viaje a Londres cambiaron un poco las cosas, así que tengo ganas. Estamos muy vitales, entonces creo que es el momento para hacer todo eso que no hicimos cuando estábamos medio mortales… (risas).

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